viernes, 18 de marzo de 2016

Hasta siempre KEITH...

Y de repente te has marchado. Víctima de tus propias expectativas, de tu afán de superación y de las secuelas que deja la genialidad. Lo has hecho además decidiendo alojarte una bala en la cabeza, de la misma forma que alojabas aquellas dagas militares en las teclas de los Hammonds, en soledad esta vez, ajeno a los millones de vidas y existencias en las que has dejado huella. Quizá no tan ajeno, quizá sintiéndote erróneamente en deuda con todos aquellos a los que algún día decidiste cambiarles la vida y su percepción de la música y el Rock. Más cerca y menos lejos de sucumbir ante la propia naturaleza y sus leyes, has decidido sacudir, haciendo gala de ser, cualquier atisbo de normalidad y has comprado billetes de ida a lo eterno dejándonos impactados una vez más, con la boca abierta. Y el corazón roto.

Será porque a lado del libro de Ciencias Sociales tenía una cassette del 'Trilogy', será porque me dormía noche sí y noche también con 'Pictures At An Exhibition' y 'Tarkus' en un walkman auto-reverse. Será seguramente porque jamás me cansaré de decir que hiciste más por mi educación que muchos de mis profesores de aquella época. No lo sé a ciencia cierta. Lo que sí te puedo asegurar Keith, es que sin ti y tus ataques furibundos y magistrales de genio mi sendero no hubiese sido el mismo. Jamás. Ni mi sendero ni mi forma de encararlo. Definitivamente tampoco mi forma de caminarlo. Sin ti no hubiese podido llegar a imaginar que sin música no se vive, que solo se sobrevive, que la felicidad tan solo es un espejismo y lo sueños terminan, abruptos, mucho antes de despertar.

Te reconozco en mi, en mi bagaje, lo hago en el bagaje de otros muchos, en sus maneras, en su adn. El ejército de artistas influenciados por ti es tan grande como el que más. Importante hasta en tus momentos menos buenos has tenido el honor y la capacidad de impregnar de tu impronta a todo cuanto te hayas acercado, virtual y realmente. Has logrado convertir tu natural ser en escuela. En método y en guía. En foco y manual.

Me has enseñado a expandirme, a no conformarme, a maravillarme, gracias a ti he visto pianos de cola girar sobre sí mismos a diez metros del suelo, he visto asesinatos de teclas sin sangre, he conocido a Ginastera, a Copland, a Janáček y a Bartók, a Mussorgsky y a Prokofiev, a Rodrigo y a Holst. He comprendido que Hendrix y Rimski-Kórsakov no están tan lejos. Hasta el bueno de Jimi quiso enchufar su guitarra a tu lado. En definitiva, me has obligado, por amor a tu música, a ser un tipo mucho más versado y rico. De conocimientos, de arte, de música, de vida... Y lo has hecho desde tu trono de cables, teclas, botones, ruletas y controles, desde tu espacio natural y completamente ajeno y reacio, seguramente, a la radiación de tu propio talento. Sin pretender. Logrando. Cambiando vidas e iluminando senderos.


Aquí queda el inmenso legado de un tipo honesto, enérgico, auténtico, un tipo revolucionario que ha revuelto estómagos de crítica, prensa y aficionados. Para bien o para mal. Un agente provocador sin vocación. Un creador divino. La antítesis del aburrimiento y la respuesta a la vanguardia vacía. Al vano intento de falsa mejora. El sable, o la daga, que decapitaría al advenedizo, sin ni siquiera desenvainar. El símbolo que nunca había que intentar derribar y sin embargo dinamitaron. Keith Emerson era, o es, al Art Rock lo que Picasso es al cubismo, al surrealismo y a los ballets rusos. Lo que Bukowski al 'canallismo' ilustrado. Keith es el adalid del exceso, el siempre más, la búsqueda incansable del shock. Sus Concertos, solos, entramados y divertimentos, una maravillosa muestra infinita de poder artístico sobrehumano, de luz sobre tiniebla y de verdad sobre medianía mentirosa. Keith es importante por sí mismo, por sus hechos y por el vacío que dejaron sus últimas composiciones. 


Gracias por todo eso, gracias incluso por lo que me has librado de vivir mientras disfrutaba de tu música, mientras amaba cada segundo de tus primeras obras. Gracias por formar parte del equipo de escultores que hoy hacen de mi un tipo triste porque te vas pero inmensamente feliz por lo que dejas. 

Siempre conmigo, siempre con nosotros. Hasta siempre Keith.



Carlos Torrecilla Abenoza

   

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